lunes 23 de noviembre de 2009
miércoles 21 de octubre de 2009
Más sobre la arena
Hoy, en la columna de Sarmiento:
El presidente Calderón no dio ayer en Quintana Roo el banderazo de salida al programa para extraer arena de Cozumel para llevarla a Cancún. Se mantiene todavía una suspensión parcial de una juez. El gobierno, sin embargo, no ha descartado todavía el proyecto, impulsado por los hoteleros de Cancún pero que ha generado una fuerte resistencia del pueblo de Cozumel.
El presidente Calderón no dio ayer en Quintana Roo el banderazo de salida al programa para extraer arena de Cozumel para llevarla a Cancún. Se mantiene todavía una suspensión parcial de una juez. El gobierno, sin embargo, no ha descartado todavía el proyecto, impulsado por los hoteleros de Cancún pero que ha generado una fuerte resistencia del pueblo de Cozumel.
sábado 17 de octubre de 2009
Otoño
Nunca olvidaré ese primer otoño frío.
Soy de Cancún. No nací ahí. Pero ahí cumplí mi primer año, el segundo, el tercero, también el treceavo, el dieciseisavo, los que importan. Cuando cierro los ojos huelo el mar. Mi piel es muy blanca pero la sal marina corroyó mis fosas, también mi futuro. Si soy de algún lado es de Cancún. En el otoño, en Cancún, hay huracanes. Pasan por la superficie alborotándonos a todos, luego se van y sale el sol, la brisa salitrosa reparte gotitas de calor en nuestras frentes y en las axilas y atrás de las rodillas, el aire pasa entre las hojas de las palmas como el agua entre los dedos. Hay de todos los verdes. En el otoño. En Cancún.
Nunca olvidaré mi primer paseo en ese primer otoño frío. Caminaba yo por el camino de oro, de cobre, de poema, me sentía sola con el viento y pensaba ¡cuánta belleza suelta! Mis primeros guantes los dejé olvidados. No hay nada mejor para el olvido que la falta de costumbre. Con ambas manos empujaba una carriola. ¿Tenía un hijo? Claro que no. Cuidaba un bebé. ¡Tampoco! No entiendo. Sólo recuerdo que con ambas manos empujaba una carriola. Luego con una sola. Mientras la otra se descongelaba en la bolsa de mi chamarra nueva. Primero una, dos minutos, luego la otra, dos minutos, un minuto, medio minuto. Con una mano empujaba corriendo una carriola. En mi primer otoño frío descubrí el placer del agua caliente descongelándome los dedos.
Soy de Cancún. No nací ahí. Pero ahí cumplí mi primer año, el segundo, el tercero, también el treceavo, el dieciseisavo, los que importan. Cuando cierro los ojos huelo el mar. Mi piel es muy blanca pero la sal marina corroyó mis fosas, también mi futuro. Si soy de algún lado es de Cancún. En el otoño, en Cancún, hay huracanes. Pasan por la superficie alborotándonos a todos, luego se van y sale el sol, la brisa salitrosa reparte gotitas de calor en nuestras frentes y en las axilas y atrás de las rodillas, el aire pasa entre las hojas de las palmas como el agua entre los dedos. Hay de todos los verdes. En el otoño. En Cancún.
Nunca olvidaré mi primer paseo en ese primer otoño frío. Caminaba yo por el camino de oro, de cobre, de poema, me sentía sola con el viento y pensaba ¡cuánta belleza suelta! Mis primeros guantes los dejé olvidados. No hay nada mejor para el olvido que la falta de costumbre. Con ambas manos empujaba una carriola. ¿Tenía un hijo? Claro que no. Cuidaba un bebé. ¡Tampoco! No entiendo. Sólo recuerdo que con ambas manos empujaba una carriola. Luego con una sola. Mientras la otra se descongelaba en la bolsa de mi chamarra nueva. Primero una, dos minutos, luego la otra, dos minutos, un minuto, medio minuto. Con una mano empujaba corriendo una carriola. En mi primer otoño frío descubrí el placer del agua caliente descongelándome los dedos.
lunes 28 de septiembre de 2009
jueves 24 de septiembre de 2009
Salvar la función
Ayer fui al teatro, me aburrí. Bostecé varias veces, me concentré en las sonorísimas sorbidas de mocos del ser a mis espaldas (fueron siete), imaginé que, en un gesto heroico, corría cuesta abajo por las escaleras del mezanine para saltar y así volar sobre los espectadores, impidiendo que la función continuara, convirtiéndola, contra toda previsión, en algo inolvidable. “Sofía salva la función”, dirían los encabezados; en la portada, la foto de mi cadáver, mis miembros dislocados, un aura de sangre. También me imaginé en casa, el calor de mi cama y un buen libro manteniéndome despierta.
Déjenme les cuento lo que hice antes de meterme al Metropolitan. Leí Los bárbaros de Baricco, una especie de manual para escindir al mundo, para convertir nuestra jeta en un circular jin jan, blanco y negro, puntos más, puntos menos. Antes de comenzar la función, entre la primera y la primera llamada (sí, hubo dos primeras llamadas), María hacía tropos con la antipatía de sus alumnas, “son como moluscos, no les interesa nada”. Yo sonreía como una iluminada, Baricco ya me lo había explicado, para él son anfibios, bárbaros, seres que viven en el presente, que buscan una nueva clase de experiencia: el surfing, el multitasking, el saqueo:
"En su búsqueda de sentido, de experiencias, van a buscar gestos en los que sea rápido entrar y fácil salir. Privilegian los que en vez de acopiar el movimiento lo generan. Les gusta cualquier espacio que genere una aceleración. No se mueven en dirección a una meta, porque la meta es el movimiento. Sus trayectorias nacen por azar y se extinguen por cansancio: no buscan la experiencia, lo son. Cuando pueden, los bárbaros construyen a su imagen los sistemas con los que viajar: la red, por ejemplo. Pero no se les oculta que la mayor parte del terreno que deben recorrer está hecha de gestos que heredan del pasado y de su naturaleza: viejas aldeas. Lo que hacen entonces es modificarlos hasta que se convierten en sistemas de paso: a esto nosotros lo llamamos saqueo."
En todo esto pensaba mientras se anunciaba la tercera llamada y las luces se apagaban. Ahora déjenme les hablo de la función. Empieza con una voz en off (mala señal), el seseo y los modismos hispánicos de esta voz me recuerdan mi traducción de Anagrama, sonrío: eso no dice nada. Después, se proyecta en la pantalla, en tres párrafos, la historia de fondo de la obra que venimos a ver, la historia de Boris Gudonov, el arribista ruso que tras una épica historia de ambición y traición se corona como zar en el siglo XVI. Apenas puedo leer las letras en la pantalla: mi ceguera está aumentando (mala señal). La primera escena es de la obra homónima de Pushkin, la misma obra que se representaba cuando terroristas chechenos entraron a secuestrar el teatro Dubrovka en Moscú en 2002. Eso es lo que venimos a ver, una representación de ese secuestro. ¿Suena como una idea genial, no, apantallante?
Les decía que la primera escena es de la obra de Pushkin, dos actores con micrófonos (mala señal), en una escenografía proyectada sobre una pantalla de fondo que se mueve mientras caminan, exagerando así el movimiento, meditan, con actitud impostada, sobre Gudonov y su (no tan) sorpresivo ascenso al poder. No han pasado más de dos minutos y yo ya empiezo a sentir un cosquilleo en la nariz, un olor a barbaridad. De repente, las luces se apagan y un estruendo embocinado interrumpe la escena, es un disparo. Aparecen terroristas por los pasillos, llevan botas, AK’s, pasamontañas, gritan, ¿emocionante, no? María y yo nos miramos, “estamos salvadas”, pensamos. Durante dos minutos sentí una retorsión en las entrañas: estaba secuestrada, quería llorar. La primera escena era un engaño, pensé, esto es lo real, esto es lo que venimos a ver. No duró más de dos minutos. María lo dijo muy bien, “un recurso así es difícil de sostener”.
Ya no parafrasearé más la obra. Sólo diré que las actuaciones las sentí falsas, que el guión no me dijo nada que no hubiera pensado ya antes, era una secuencia de lugares comunes sobre las luchas revolucionarias y el terrorismo, que el abuso de cámaras y pantallas, las voces en off, los micrófonos y la mala dicción de algunos actores secundarios me parecieron una chorrada, y que la mayor parte del tiempo me sentí víctima no de un secuestro si no de un engaño, de un saqueo de bárbaros. Supe que había ido ahí por el movimiento, por la experiencia como la explica Baricco y que eso era todo lo que había obtenido. A la salida María comentó que Ricardo III bien puesta nos hubiera dicho mucho más sobre la violencia que esto. Concuerdo con ella. El teatro depende sobre todo de un buen texto, buenas actuaciones y buena dirección. Ha sido así durante siglos y no creo que tanta parafernalia pueda cambiarlo.
Déjenme les cuento lo que hice antes de meterme al Metropolitan. Leí Los bárbaros de Baricco, una especie de manual para escindir al mundo, para convertir nuestra jeta en un circular jin jan, blanco y negro, puntos más, puntos menos. Antes de comenzar la función, entre la primera y la primera llamada (sí, hubo dos primeras llamadas), María hacía tropos con la antipatía de sus alumnas, “son como moluscos, no les interesa nada”. Yo sonreía como una iluminada, Baricco ya me lo había explicado, para él son anfibios, bárbaros, seres que viven en el presente, que buscan una nueva clase de experiencia: el surfing, el multitasking, el saqueo:
"En su búsqueda de sentido, de experiencias, van a buscar gestos en los que sea rápido entrar y fácil salir. Privilegian los que en vez de acopiar el movimiento lo generan. Les gusta cualquier espacio que genere una aceleración. No se mueven en dirección a una meta, porque la meta es el movimiento. Sus trayectorias nacen por azar y se extinguen por cansancio: no buscan la experiencia, lo son. Cuando pueden, los bárbaros construyen a su imagen los sistemas con los que viajar: la red, por ejemplo. Pero no se les oculta que la mayor parte del terreno que deben recorrer está hecha de gestos que heredan del pasado y de su naturaleza: viejas aldeas. Lo que hacen entonces es modificarlos hasta que se convierten en sistemas de paso: a esto nosotros lo llamamos saqueo."
En todo esto pensaba mientras se anunciaba la tercera llamada y las luces se apagaban. Ahora déjenme les hablo de la función. Empieza con una voz en off (mala señal), el seseo y los modismos hispánicos de esta voz me recuerdan mi traducción de Anagrama, sonrío: eso no dice nada. Después, se proyecta en la pantalla, en tres párrafos, la historia de fondo de la obra que venimos a ver, la historia de Boris Gudonov, el arribista ruso que tras una épica historia de ambición y traición se corona como zar en el siglo XVI. Apenas puedo leer las letras en la pantalla: mi ceguera está aumentando (mala señal). La primera escena es de la obra homónima de Pushkin, la misma obra que se representaba cuando terroristas chechenos entraron a secuestrar el teatro Dubrovka en Moscú en 2002. Eso es lo que venimos a ver, una representación de ese secuestro. ¿Suena como una idea genial, no, apantallante?
Les decía que la primera escena es de la obra de Pushkin, dos actores con micrófonos (mala señal), en una escenografía proyectada sobre una pantalla de fondo que se mueve mientras caminan, exagerando así el movimiento, meditan, con actitud impostada, sobre Gudonov y su (no tan) sorpresivo ascenso al poder. No han pasado más de dos minutos y yo ya empiezo a sentir un cosquilleo en la nariz, un olor a barbaridad. De repente, las luces se apagan y un estruendo embocinado interrumpe la escena, es un disparo. Aparecen terroristas por los pasillos, llevan botas, AK’s, pasamontañas, gritan, ¿emocionante, no? María y yo nos miramos, “estamos salvadas”, pensamos. Durante dos minutos sentí una retorsión en las entrañas: estaba secuestrada, quería llorar. La primera escena era un engaño, pensé, esto es lo real, esto es lo que venimos a ver. No duró más de dos minutos. María lo dijo muy bien, “un recurso así es difícil de sostener”.
Ya no parafrasearé más la obra. Sólo diré que las actuaciones las sentí falsas, que el guión no me dijo nada que no hubiera pensado ya antes, era una secuencia de lugares comunes sobre las luchas revolucionarias y el terrorismo, que el abuso de cámaras y pantallas, las voces en off, los micrófonos y la mala dicción de algunos actores secundarios me parecieron una chorrada, y que la mayor parte del tiempo me sentí víctima no de un secuestro si no de un engaño, de un saqueo de bárbaros. Supe que había ido ahí por el movimiento, por la experiencia como la explica Baricco y que eso era todo lo que había obtenido. A la salida María comentó que Ricardo III bien puesta nos hubiera dicho mucho más sobre la violencia que esto. Concuerdo con ella. El teatro depende sobre todo de un buen texto, buenas actuaciones y buena dirección. Ha sido así durante siglos y no creo que tanta parafernalia pueda cambiarlo.
sábado 5 de septiembre de 2009
Carroña
¿Han visto cómo las hormigas se comen a los insectos más grandes que están a punto de morir? Yo sí. Hoy vi cómo tres hormigas se le trepaban a una abeja mientras ésta, toda vieja, todavía movía sus torpes y agonizantes miembros. Sé que era vieja porque había perdido casi todo lo que hace a una abeja (sus colores brillantes, su zumbido, su aguijón) sin dejar de serlo. Las hormigas caminaban libremente sobre ella, no les importaba lo transparente de sus alas, tampoco que su abdómen estuviera (creo que lo estaba) hinchado, ni sus espolones, ni sus antenas, ni sus enormes ojos. Hasta sus enormes ojos les eran indiferentes.
Recordé esa foto famosa de Kevin Carter tomada durante una hambruna en los noventas en Sudán, la niña desnutrida, el zopilote esperando, el fotógrafo. Luego, a Lear, el rey, y a sus dos hijas disputándose su herencia, sacándole ventaja a su vejez.
También todos somos o seremos carroña.
Recordé esa foto famosa de Kevin Carter tomada durante una hambruna en los noventas en Sudán, la niña desnutrida, el zopilote esperando, el fotógrafo. Luego, a Lear, el rey, y a sus dos hijas disputándose su herencia, sacándole ventaja a su vejez.
También todos somos o seremos carroña.
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aves,
cadáveres,
lucha contra la muerte
martes 1 de septiembre de 2009
Todos somos
Esto en la columna de Federico Reyes Heroles, hoy, en el Reforma:
El éxito de Cancún atrae a cientos de miles de turistas y nos deja muy buenas divisas. Pero frente a Cancún está ese pequeño gran tesoro llamado Cozumel. Es un lugar de privilegio no sólo por la localización de la isla sino por los excepcionales arrecifes de los cuales está rodeada. En los años sesenta, cuando el sitio era prácticamente desconocido en el mundo, Jacques-Yves Cousteau ya realizaba investigación allí. Cozumel es considerada una joya mundial. Miles de buzos de todo el mundo se acercan al sitio cada año para poder apreciar sus maravillas.
Hoy Cancún sufre el impacto diferido de dos meteoros terribles como lo fueron "Gilberto" en 88 y "Wilma" en el 2005. Pero también padece las consecuencias de una mala planeación y de los abusos de los intereses allí asentados. Las playas de Cancún necesitan ser recuperadas. El trabajo debe hacerse siguiendo criterios técnicos y no a las prisas de las temporadas altas del turismo. En el 2005 se invirtieron 50 mdd. Los expertos señalaban que la inversión debía ascender al doble para lograr una masa suficiente de arena que resistiera a los huracanes. Por supuesto las prisas dejaron el trabajo a la mitad y ahora de nuevo se necesitan invertir por lo menos 100 mdd, o sea que tiramos 50. Eso se llama falta de seriedad por parte de las autoridades.
Pero lo que verdaderamente subleva es que, contra las recomendaciones de expertos, se pretenda encontrar la solución en los bancos de arena de Cozumel. El asunto merece un debate serio y a profundidad. No podemos seguir mutilando a nuestro país. La posible destrucción de las riquezas naturales de Cozumel sería un verdadero crimen. Semarnat debe propiciar un debate abierto, sin prisas, en el cual se puedan exponer alternativas y los riesgos para la isla. Alguien debe asumir la responsabilidad histórica y dar la cara en el largo plazo. Cozumel no es otro trámite burocrático. Secretarios entran y salen sin rendir cuentas, pero en esto el daño sería irreversible. Para el caso todos los mexicanos somos cozumeleños.
El éxito de Cancún atrae a cientos de miles de turistas y nos deja muy buenas divisas. Pero frente a Cancún está ese pequeño gran tesoro llamado Cozumel. Es un lugar de privilegio no sólo por la localización de la isla sino por los excepcionales arrecifes de los cuales está rodeada. En los años sesenta, cuando el sitio era prácticamente desconocido en el mundo, Jacques-Yves Cousteau ya realizaba investigación allí. Cozumel es considerada una joya mundial. Miles de buzos de todo el mundo se acercan al sitio cada año para poder apreciar sus maravillas.
Hoy Cancún sufre el impacto diferido de dos meteoros terribles como lo fueron "Gilberto" en 88 y "Wilma" en el 2005. Pero también padece las consecuencias de una mala planeación y de los abusos de los intereses allí asentados. Las playas de Cancún necesitan ser recuperadas. El trabajo debe hacerse siguiendo criterios técnicos y no a las prisas de las temporadas altas del turismo. En el 2005 se invirtieron 50 mdd. Los expertos señalaban que la inversión debía ascender al doble para lograr una masa suficiente de arena que resistiera a los huracanes. Por supuesto las prisas dejaron el trabajo a la mitad y ahora de nuevo se necesitan invertir por lo menos 100 mdd, o sea que tiramos 50. Eso se llama falta de seriedad por parte de las autoridades.
Pero lo que verdaderamente subleva es que, contra las recomendaciones de expertos, se pretenda encontrar la solución en los bancos de arena de Cozumel. El asunto merece un debate serio y a profundidad. No podemos seguir mutilando a nuestro país. La posible destrucción de las riquezas naturales de Cozumel sería un verdadero crimen. Semarnat debe propiciar un debate abierto, sin prisas, en el cual se puedan exponer alternativas y los riesgos para la isla. Alguien debe asumir la responsabilidad histórica y dar la cara en el largo plazo. Cozumel no es otro trámite burocrático. Secretarios entran y salen sin rendir cuentas, pero en esto el daño sería irreversible. Para el caso todos los mexicanos somos cozumeleños.
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